La ciudad enterrada
Paseos por el Madrid de la Guerra Civil
En 2023, cuando mi vida estaba arrasada por el estudio de una oposición, mis principales pasatiempos fueron investigar volcanes y minerales con mi hijo y pasear con él por los parques de Madrid. “Mamá, ¿te das cuenta de que debajo de nuestros pies hay fuego?”, me decía. Y los dos comenzábamos a caminar como si la tierra ardiera y la ciudad fuera un lugar conectado con el infierno.
Un día llegamos hasta el final del Parque del Oeste, donde se encuentran los fortines de la Guerra Civil. Los observamos desde abajo, los rodeamos e intentamos acceder a su interior, pero las puertas estaban tapiadas. El niño empezó a hacer preguntas sobre la guerra, pero como yo no siempre sabía qué responder, fuimos juntos a una librería en busca de más información. Allí encontramos el libro-mapa Madrid bombardeado. Cartografía de la destrucción 1936-1939, de Enrique Bordes y Luis de Sobrón, que recoge fotografías de la ciudad en ruinas tras los ataques de los aviones alemanes e italianos. Nos impresionó ver un cráter en mitad de la Puerta del Sol, la fachada de La Casa de las Flores con los balcones colgando y columnas de humo en los alrededores de la Gran Vía. Además, en el mapa que acompaña el libro, descubrimos que nuestra casa también fue bombardeada en noviembre de 1936. Desde nuestro salón, imaginamos el tejado ardiendo, desmoronándose y enterrando nuestro hogar bajo los escombros.

Mi hijo y yo pasamos varios meses localizando fotografías y buscando restos de metralla por la ciudad. En cada paseo tocábamos las fachadas de los edificios, palpábamos sus cicatrices y tratábamos de adivinar su grado de sanación. Luego mis intereses cambiaron, hasta que hace unos días, mi amigo Carlos, editor de Caniche, me regaló el libro Cantarranas, de Nicholas F. Callaway, y volví a reconectar con los paseos de 2023. El libro trata sobre la Vaguada de Cantarranas, en Ciudad Universitaria, un lugar que fue primero escenario de merenderos y verbenas, luego trinchera durante la guerra y, por último se enterró para poder levantar allí el edificio de la Corona de Espinas de Fernando Higueras y Antonio Miró, donde actualmente se encuentra el Instituto del Patrimonio Cultural Español. En este mismo lugar, muchos siglos antes, existió también un poblado neolítico. Antes del entierro, había dos viaductos diseñados por Eduardo Torroja que cruzaban la vaguada: el del Aire, hoy totalmente desaparecido, y el de los Quince Ojos, hundido hasta la mitad en el camino que conecta el campo de rugby con la Facultad de Bellas Artes.
El 3 de enero me acerqué a Cantarranas para ver lo que contaba el libro. Al bordear el campo de rugby, sentí que los quince ojos del viaducto semihundido me observaban. El lugar intimida porque está lleno de alambradas y policía por su proximidad al Palacio de la Moncloa. A un lado hay un parking de camiones de basura y, al otro, hombres armados protegiendo al presidente del Gobierno. Al acercarme a la construcción, pude ver restos de metralla en la piedra.
Al comienzo de la película La Ciudad Universitaria (Edgar Neville, 1938), citada en el libro, hay un rótulo que dice: ”A los estudiantes. A los campesinos. A los obreros. Que han venido a esta Ciudad Universitaria para doctorarse en la muerte”. Impresiona pensar en todas las personas que perdieron su vida en este frente y de las que ya nadie apenas se acuerda. Hay un Madrid vivo y otro sepultado bajo estratos de tierra y desmemoria.

Tras ver el documental no pude evitar pensar en el comienzo del libro Largo noviembre de Madrid de Juan Eduardo Zúñiga.
Pasarán unos años y olvidaremos todo; se borrarán los embudos de las explosiones, se pavimentarán las calles levantadas, se alzarán casas que fueron destruidas. Cuanto vivimos, parecerá un sueño y nos extrañará los pocos recuerdos que guardamos; acaso las fatigas del hambre, el sordo tambor de los bombardeos, los parapetos de adoquines cerrando las calles solitarias…
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🕯️El dibujo de la cabecera es de mi otro acompañante paseos, Iván Solbes.
Un abrazo fuerte,
Gabriela







Qué interesante el artículo! No conozco la Vaguada de Cantarranas ni había oído sobre ella. Me encantan estos descubrimientos que nos ofreces, y es como si nos llevaras a los lectores de viaje en una alfombra mágica.
La frase de Zúñiga es audiovisual. Me ha fascinado. Como siempre, una maravilla leerte.